Arrepiéntanse de sus Pecados y Crean la Buena Noticia

Arrepiéntanse de sus Pecados y Crean la Buena Noticia

14 Más tarde, después del arresto de Juan, Jesús entró en Galilea, donde predicó la Buena Noticia de Dios. 15 «¡Por fin ha llegado el tiempo prometido por Dios! —anunciaba—. ¡El reino de Dios está cerca! ¡Arrepiéntanse de sus pecados y crean la Buena Noticia!» (Marcos 1:14-15)

¿Quién es Jesucristo?

Jesús es plenamente Dios. La Biblia enseña que solo hay un Dios que existe eternamente como tres Personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Jesús es Dios Hijo, la segunda Persona de la Trinidad.

Cristo es la Palabra eterna. En el principio la Palabra ya existía. La Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. El que es la Palabra existía en el principio con Dios. Dios creó todas las cosas por medio de él, y nada fue creado sin él (Juan 1:1-3). Cristo es la imagen visible del Dios invisible. Él ya existía antes de que las cosas fueran creadas y es supremo sobre toda la creación porque, por medio de él, Dios creó todo lo que existe en los lugares celestiales y en la tierra. Hizo las cosas que podemos ver y las que no podemos ver, tales como tronos, reinos, gobernantes y autoridades del mundo invisible. Todo fue creado por medio de él y para él. Él ya existía antes de todas las cosas y mantiene unida toda la creación (Colosenses 1:15-17). «Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin—dice el Señor Dios—. Yo soy el que es, que siempre era y que aún está por venir, el Todopoderoso» (Apocalipsis 1:8, 22:13).

Jesús es plenamente hombre pero sin pecado. Aunque era Dios, no consideró que el ser igual a Dios fuera algo a lo cual aferrarse. En cambio, renunció a sus privilegios divinos; adoptó la humilde posición de un esclavo y nació como un ser humano. Fue concebido por el poder del Espíritu Santo y nació de una virgen. Cuando apareció en forma de hombre, Él ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado. Fue perfectamente obediente al Padre y vivió una vida santa. Porque toda la plenitud de la divinidad habita en forma corporal en Cristo. Se humilló a sí mismo en obediencia a Dios y murió en una cruz como morían los criminales. Murió y fue sepultado, pero al tercer día resucitó de entre los muertos. ¡El Señor Jesucristo es victorioso sobre el pecado y la muerte!

Por lo tanto, Dios lo elevó al lugar de máximo honor y le dio el nombre que está por encima de todos los demás nombres para que, ante el nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua declare que Jesucristo es el Señor para la gloria de Dios Padre. (Filipenses 2:6-11)

 

¿Cuál es la Buena Noticia de Dios?

Dios prometió esa Buena Noticia hace tiempo por medio de sus profetas en las sagradas Escrituras. La Buena Noticia trata de su Hijo, Jesucristo. Es poder de Dios en acción para salvar a todos los que creen.

Dios es santo. Los términos Bíblicos traducidos como «santo» (qadosh en hebreo, hagios en griego) tienen una connotación secundaria de pureza moral. Pero la idea del concepto de santidad es «la separación». Su significado más básico es «separado o cortado». Dios es separado o cortado de todo lo que es pecaminoso y malo. Dios no se complace en la maldad; el mal no mora con él (Salmos 5:4). Él es sin pecado y no puede tolerar el pecado.

El hombre es pecador. Pues todos hemos pecado; nadie puede alcanzar la meta gloriosa establecida por Dios. Como dicen las Escrituras: «No hay ni un solo justo, ni siquiera uno. Nadie es realmente sabio, nadie busca a Dios. Todos se desviaron, todos se volvieron inútiles. No hay ni uno que haga lo bueno, ni uno solo» (Romanos 3:10-12). Todos somos como gente impura; todos nuestros actos de justicia son como trapos de inmundicia. Ninguna cantidad de buena vida o buena obra puede merecer el favor de Dios porque su estándar es la santidad y la perfección, lo cual es imposible de lograr para nosotros. Cuando pecamos, nos hemos separado de Dios.

Dios es justo. Él castiga el pecado. Pues la paga que deja el pecado es la muerte (Romanos 6:23). Esta muerte se refiere a la muerte espiritual que significa separación eterna de Dios. En vez de tener una relación de amor eterno con Dios, seríamos castigados con destrucción eterna, separados para siempre del Señor y de su glorioso poder. Esta es la verdad sobre la condición del hombre. Hemos pecado por lo tanto, merecemos legítimamente la ira eterna de Dios.

Dios es amor. Pero debido al gran amor de Dios por nosotros, hizo una manera para reconciliarnos de nuevo con él. Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros (Romanos 5:8). 

Jesús, el Hijo de Dios, vino a buscar y a salvar lo que se había perdido (pecador). Vivió una vida santa y se sacrificó como el pago los nuestros pecados, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Los que creen en Jesús no son justos ni rectos en sí mismos, pero Dios los ha puesto en Cristo. Así que cuando Dios los mira, ve la justicia y la rectitud de Cristo. Por la gracia de Dios, podemos ser santificados y reconciliarnos de nuevo con Dios, no por nosotros mismos, sino por la santidad de Jesús.

Jesús dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie puede ir al Padre si no es por medio de mí». De hecho, en ningún otro hay salvación, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres mediante el cual podamos ser salvos.

La salvación solamente por gracia de Dios mediante la fe en Cristo. Nadie tiene ningún mérito en eso; es un regalo de Dios. No es un premio por las cosas buenas que hayamos hecho, así que ninguno de nosotros puede jactarse de ser salvo. (Efesios 2:8-9)

Ahora pues, arrepiéntanse de sus pecados y vuelvan a Dios para que sus pecados sean borrados. Entonces, de la presencia del Señor vendrán tiempos de refrigerio. Quien encubre su pecado jamás prospera; quien lo confiesa y lo deja halla perdón.

«¡Por fin ha llegado el tiempo prometido por Dios! —anunciaba—. ¡El reino de Dios está cerca! ¡Arrepiéntanse de sus pecados y crean la Buena Noticia!» (Marcos 1:15)

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